
Ella era sal, a veces arena en mi memoria. Aun recuerdo como paseaba por la orilla del mar. Recuerdo la belleza de su rostro. Llevaba un vestido blanco, largo que apenas lograba rozarle los pies. Su pelo se balanceaba al suave aliento que venia del sur y sus pies desnudos se dejaban tocar levemente por las caricias del mar. La blanca espuma acompañaba cada paso que dejaba grabado brevemente sobre la arena. Su pálida piel se dejaba abrigar por cada rayo de luz del sol, regalándole éste un bronceado. Y alrededor de ella nada más existe. No tiene un rumbo fijo, no piensa en lugares, ni en cuantas miradas provocan su pasar. Tan solo camina, lejos de cualquier realidad o irrealidad.
La brisa llama en ella su atención, devolviendo una mirada a unos niños que juegan alegres sobre la arena. Ella desprende su mejor sonrisa por un momento. Pronto gira y vuelve a su camino. Minutos más tardes su figura se vuelve un brillo de luz en el horizonte, cada segundo más y más pequeña hasta ser solo un punto insignificante a mi vista.
Ella fue tan breve, como todas las cosas bellas de la vida.
Sábado, cinco de la tarde, bancas vacías en el malecón, un sol que se pone, niños jugando sobre la arena y una chica que no volverá.



