La bruja del décimo piso es más rápida que yo en el dibujo de las constelaciones. Esta acostumbrada a dejar sueños encendidos en los ceniceros con una chispa de su magia. Para luego vaciarlos en el lavabo y no dejar rastro que un día ardieron allí. Juega a desencajarme los huesos del cuello, dice para adueñarse del monopolio de mis miradas. Recuerdo bien su juego, sus brazos apoyados sobre mis huesos, sus manos sujetando con fuerza mi cuellos (mientras me convence a su practica con un beso) y luego el desencajar… una fractura en cada tensión de sus dedos, una y otra vez. Y mis cenizas siguen ardiendo en el cenicero, entre colillas que aún no olvidan los labios que una vez tocaron.
La bruja del décimo piso, me canta conjuros por las noches, me da de beber del veneno de sus labios. Cada cicatriz de mi espalda es un hechizo de ella a las 6 de la mañana sin contratos de caducidad. Se apropia de mis recuerdos, de mi voz, de mi boca, de mis poemas, de mis abrazos fuerte-rompehuesos.
A la bruja del décimo piso la mire. La mire directamente a los ojos.
No pude



